El cambio comienza conmigo

Hoy desperté preocupada y con un poco de incertidumbre. Un poco ansiosa por lo que nos espera. Me cuestiono que le hace pensar a un ser humano que tiene el derecho de quitar la vida a otro. Será la ineficacia del sistema, la ausencia de los padres que por dar una mejor vida a los hijos no tienen tiempo, serán acaso los programas de televisión o la falta de consecuencias a nuestras acciones en edad temprana.

Mientras, algunos nos cuestionamos que pasa, otros sacan estadísticas aludiendo crímenes de odio o violencia de género, pero al final… no hay diferencia, porque eran seres humanos y nadie tenía el derecho de dejar a un hijo huérfano, dejar a un padre sin un hijo, a quitar a un hermano o un vecino. Porque no importa la relación, un asesinato nos marca a todos.

Siguen aumentando las estadísticas, mientras modifican las clasificaciones para cambiar una realidad de la que se habla indignado y nadie hace nada. Porque al final, no importa el origen, la vedad habla y nos dice que hay un problema serio de salud mental. Un país en donde el manejo de emociones es pobre y la aplicación de la justicia es relativa.

Queremos creer en la igualdad y, sin embargo, todos los días la prensa reseña un caso más y luego, el desenlace. No siempre estamos de acuerdo y, ¿qué sucede? Comenzamos a comentar y al final, ¿quién cambia la historia para poder darle vida a esa familia que perdió una parte de si cuando le arrebataron al ser querido?

Mas triste aun, cuando, el asesinato es de una pareja y un hijo tiene que asumir una doble perdida. ¿Cómo cambias la historia, que el asesino de tu madre, fue también el ser que te dió la vida? No puedo si quiera pensar en el dolor y la angustia de esos hijos. La historia se repite y esta vez la relación con el asesino es un hermano, un conocido o que importa sino se conocen. ¿Quién les da el derecho de quitar la vida?

A veces leemos, la prensa y hablan de patrones de maltrato y como la victima seguía en esa relación tóxica. Colocan fotos de la victima y muestran los comentarios que indicaban que tenía problemas. Luego, las personas comentan como si fueran eruditos en el tema o hubiesen sabido lo que pasaba dentro de esos seres. Y cuando, veo eso me preocupo aun más. Porque, no hay porque cuestionar porque la víctima no salió corriendo a tiempo sino preguntarnos porque el asesino pensó que tenía derecho a quitarle la vida.

Vivimos señalando a la víctima como si fuera culpable por no haber o por haber hecho algo cuando al final NADIE tiene el derecho a quitar la vida. No importa la acción o la inacción.

Alguien comentaba en las redes que debíamos implementar y hacer mandatorio la inclusión de las evaluaciones psicológicas en las revisiones anuales de salud. Confieso, que cuando lo leí, estuve totalmente de acuerdo. Sin embargo, no podemos quedarnos ahí.

Porque vivimos en un país en donde vamos al médico primario con “regularidad”, somos diagnosticados con obesidad, alta presión, diabetes o lo que sea, nos medican y nadie da seguimiento al tema. Porque es el paciente el que tiene que encargarse de buscar los medicamentos, hacer las citas, buscar el espacio en la agenda de trabajo y seguir el tratamiento. Sin embargo, cuando el problema es un trastorno mental o emocional, las cosas se complican. Porque, requiere un compromiso del individuo, el profesional de la salud y su entorno.

Es entonces, que debemos repensar como sociedad como podemos desarrollar programas de ayuda tanto clínica como programas educativa dedicados a la Gestión Emocional/Inteligencia Emocional. La inteligencia emocional en esencia es el tener la habilidad para conocernos y poder manejar nuestros estados de ánimo y nuestras emociones. Entre otras cosas, nos permite relacionarnos de forma efectiva al tener una mejor comprensión de los otros y ser más empáticos. Es poder controlar nuestras emociones para tener una vida equilibrada.

En esencia, no podemos buscar una solución absoluta porque quizás debemos abordar el problema desde diversos frentes: componente clínico, componente educativo/preventivo, seguimiento, entre otras tantas cosas que se deben hacer.

Salimos a la calle y vemos a diario como las personas reaccionan de forma agresiva hasta en lo básico. Imagine que está en su auto. La luz en el semáforo esta roja para doblar a la izquierda. Sin embargo, el vehículo detrás de usted comienza a tocar la bocina de forma descontrolada y como está detenido, te arrebasa, te dice un par de improperios y pasa con el semáforo rojo. Entonces, ¿Qué haces? Te mantienes calmado o le devuelves la reacción. Si la respuesta, es depende del día, entonces, quizás, deberíamos trabajar con nuestras emociones.

Trabajar con nuestras emociones implica que actuamos ante nuestros sentimientos y logremos un balance entre lo que pensamos y sentimos. Es poder tomar decisiones que nos ayuden a actuar de forma asertiva. Reconozco, que es un tema complejo y que hay condiciones clínicas que requieren otro tipo de atención. Sin embargo, no podemos frenar una transformación por las excepciones. Iniciemos por algo. Hagamos algo.

Vamos a sembrar la semilla del cambio en el hogar y que sea extensivo a la educación. Reforzarlo en los trabajos, comunidades y centros de reunión. Que esto sea de conocimiento general para que realmente haya un cambio. Es hablar con nuestros líderes gubernamentales, los colegios de nuestros hijos en nuestras comunidades, es ser ejemplo y vivir lo que decimos que aspiramos.

Para que haya una transformación real es necesario que comencemos con nosotros mismos. El cambio ocurre cuando cada uno de nosotros cambia. Porque el cambio comienza conmigo y hoy quiero pensar que gestionando mis emociones, impactaré mi entorno y provocaré una reacción en cadena tipo efecto dominó… Es manejar nuestras emociones y no dejar que las emociones nos controlen. Es establecer relaciones saludables y de respeto. Es ser empático. Vivir en civismo y mostrar valores. Es aceptar que diferimos y respetamos nuestras diferencias. No tengo que estar de acuerdo con lo que piensas, pero debo respetar tu opinión. Debemos enseñar que la diversidad nos hace más fuertes cuando escuchamos e incluimos al otro. Que el más fuerte, tiene el deber de proteger al más débil sin forzar, controlar ni abusar. Es vivir en armonía y respeto al otro.

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